Grupo de niños pequeños sentados en círculo mientras dos educadoras comparten un cuento en un aula infantil.

OPINIÓN · DESDE LASTORRES.ES

El pueblo de mañana empieza hoy

Una educadora dirige una actividad y un grupo de niños escucha, juega o imita sus gestos. Parece una escena cotidiana. ¿Somos conscientes de cuánto importan esos primeros años?

Hay fotografías que, sin pretenderlo, consiguen detenernos. No porque ocurra en ellas nada extraordinario, sino precisamente por lo contrario: porque retratan algo tan cotidiano que casi nunca nos paramos a pensar en todo lo que significa.

Hace unos días, al contemplar unas imágenes de una escuela infantil de nuestro pueblo, me ocurrió algo parecido. Un grupo de niños estaba sentado en el suelo mientras sus educadoras dirigían una actividad. Unos miraban atentos, otros intentaban repetir sus gestos y alguno seguramente estaría pensando en cualquier otra cosa, como corresponde a niños de apenas uno, dos o tres años.

Podría ser cualquier mañana en Titina, en Virgen de la Salceda o en tantas escuelas infantiles. Y, sin embargo, pensé en algo que a veces perdemos de vista: esos pequeños no son únicamente los niños que cuidamos hoy. Son también una parte de los jóvenes, trabajadores, madres, padres y vecinos que formarán Las Torres de Cotillas dentro de veinte o treinta años.

La pregunta surgió casi sola: ¿somos realmente conscientes de hasta qué punto la manera en que hoy los cuidamos, escuchamos, educamos y acompañamos también participa en la construcción del pueblo que tendremos mañana?

Los primeros años importan mucho más de lo que parece

A veces hablamos de los primeros años de vida como si fueran una especie de antesala. Primero la escuela infantil y, después, cuando llega el colegio, comenzaría la educación verdaderamente importante.

Sabemos hoy que no es así.

El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard lleva años explicando la importancia de las interacciones cotidianas entre los niños pequeños y los adultos que los rodean. Cuando un niño mira, señala, balbucea, pregunta o reclama nuestra atención y un adulto responde, se produce una relación de ida y vuelta que puede parecer insignificante, pero que forma parte del desarrollo del lenguaje, de las capacidades sociales, del aprendizaje y del bienestar emocional.

La Organización Mundial de la Salud utiliza una idea parecida cuando habla de un cuidado cariñoso y sensible durante la primera infancia: seguridad, salud, atención receptiva y oportunidades para aprender desde el comienzo de la vida.

Esto no significa que el destino de una persona quede decidido antes de cumplir tres años, ni mucho menos. La vida es demasiado compleja como para reducirla a una etapa concreta. Significa algo mucho más sencillo: esos primeros años cuentan, y cuentan mucho.

Por eso deberíamos dejar de contemplarlos únicamente como un periodo que hay que atravesar hasta que empiece la enseñanza obligatoria.

Cuando escuchar un cuento es mucho más que escuchar un cuento

Una de las escenas que más me hizo pensar fue precisamente una de las más sencillas: varios niños reunidos alrededor de sus educadoras participando en una actividad.

Puede ser una canción, un juego o un cuento. Desde fuera parece algo muy pequeño. Pero mientras sucede se están produciendo muchas cosas al mismo tiempo.

Cuando un niño escucha una historia está oyendo palabras, descubriendo estructuras del lenguaje, aprendiendo poco a poco a mantener la atención y observando gestos y emociones. También comparte ese momento con otros niños, espera, imagina situaciones que no tiene delante y empieza a asociar una voz, un libro y una historia con una experiencia agradable.

La American Academy of Pediatrics recomienda la lectura compartida desde edades muy tempranas y destaca precisamente su relación con el desarrollo lingüístico, cognitivo, social y emocional.

Nuestro propio currículo de Educación Infantil en la Región de Murcia concede también una importancia especial a estas experiencias. El Decreto 196/2022 habla de nanas, canciones y cuentos y de cómo esos primeros contactos ayudan a crear un vínculo emocional y lúdico con los textos literarios.

Por eso, cuando vemos a una educadora contando un cuento, quizá deberíamos aprender a mirar un poco más allá de la escena. No está simplemente llenando una parte de la mañana. Está acompañando a varios niños mientras descubren, poco a poco, cómo funciona el mundo.

Crecer no consiste únicamente en saber más cosas

Los adultos tenemos cierta tendencia a medir el desarrollo infantil por aquello que podemos comprobar fácilmente. Nos fijamos en si un niño reconoce los colores, cuenta, habla mucho, conoce alguna letra o parece ir más adelantado que otro de su misma edad.

Es comprensible, pero crecer es bastante más que eso.

Crecer también es sentirse seguro junto a un adulto. Aprender que existen otros niños que también quieren el mismo juguete. Descubrir que algunas veces hay que esperar. Enfadarse y comenzar a entender qué hacer con ese enfado. Encontrar límites, equivocarse, volver a intentarlo, atreverse a explorar, preguntar, escuchar, compartir y empezar a poner nombre a lo que uno siente.

Son aprendizajes mucho más difíciles de fotografiar y de medir. No suelen generar diplomas ni resultados que podamos enseñar con orgullo, pero forman parte de la base sobre la que más adelante se construirán muchas otras cosas.

Quizá por eso la primera infancia requiere tanta paciencia. Gran parte de lo importante está sucediendo sin que podamos verlo inmediatamente.

185 historias que están empezando en Las Torres

Esta reflexión no tiene por qué quedarse en grandes estudios internacionales. Podemos traerla hasta nuestro propio municipio.

Las Torres de Cotillas cuenta con dos escuelas infantiles municipales de primer ciclo, Titina y Virgen de la Salceda. Según la información publicada por el Ayuntamiento para el curso 2026-2027, ambas tienen ocupadas todas sus plazas y atienden conjuntamente a 185 niños de entre 0 y 3 años: 111 en Titina y 74 en Virgen de la Salceda.

Dicho así, 185 puede parecer simplemente una cifra administrativa.

Pero son 185 historias que acaban de empezar.

Detrás de ese número hay familias que cada mañana confían a sus hijos a otras personas durante una parte importante de la jornada. Hay despedidas en la puerta, primeras amistades, juguetes que habrá que aprender a compartir, pequeños conflictos, canciones que acabarán cantándose también en casa, cuentos, normas, llantos, risas, frustraciones y descubrimientos.

Y hay educadoras que pasan muchas horas junto a esos niños en una etapa en la que unas pocas semanas pueden suponer cambios enormes.

Cuando se mira así, resulta difícil pensar en una escuela infantil únicamente como un recurso de conciliación.

Qué queremos que ocurra en nuestras escuelas infantiles

La propia información municipal sobre Titina y Virgen de la Salceda describe objetivos que van mucho más allá de atender las necesidades básicas de los pequeños. Habla de desarrollo afectivo, movimiento, juego, socialización, autonomía, comunicación, exploración, imaginación, creatividad e inteligencia emocional. También plantea la necesidad de mantener una cierta coherencia entre familia, escuela y educadoras.

Sobre el papel, muchas de estas ideas coinciden con aquello que la investigación sobre primera infancia considera importante: relaciones estables y receptivas, oportunidades de aprendizaje, juego, seguridad emocional y adultos capaces de acompañar.

Eso merece ser reconocido.

Pero reconocerlo no significa idealizarlo.

Desde lastorres.es no podemos afirmar, simplemente viendo unas fotografías o leyendo la descripción institucional de un servicio, que nuestras dos escuelas infantiles tengan una determinada calidad pedagógica. Para realizar una valoración seria necesitaríamos conocer otros datos: las ratios efectivas durante la jornada, la estabilidad y formación de las plantillas, cómo se atienden las necesidades educativas específicas, qué opinan las familias o qué resultados ofrecen las evaluaciones que puedan existir.

Tampoco que todas las plazas estén ocupadas demuestra por sí mismo calidad educativa. Sí demuestra una demanda muy alta, que es algo diferente.

No creo que debamos convertir a nuestros niños ni a sus educadoras en material de propaganda. Precisamente porque la infancia importa, deberíamos tratarla con bastante más seriedad.

La pregunta interesante no es si podemos afirmar que todo se hace perfectamente. La pregunta es si, sabiendo la importancia que tienen estos años, estamos poniendo en ellos la atención que merecen.

Las familias tampoco educamos solas

Hablar del valor de las escuelas infantiles tampoco debería llevarnos al error contrario: pensar que podemos trasladarles a ellas la responsabilidad de educar a nuestros hijos.

La familia sigue siendo insustituible.

Es en casa, alrededor de las personas que cuidan al niño cada día, donde nacen muchos de los primeros vínculos, la seguridad, el afecto, los límites y buena parte del aprendizaje emocional. Ninguna institución debería pretender sustituir eso.

Pero las familias tampoco educamos completamente solas.

A nuestro alrededor están las educadoras, los abuelos y otros familiares, los pediatras, los profesionales de Atención Temprana cuando se necesitan, los centros educativos, otras familias y hasta los parques y espacios públicos donde nuestros hijos empiezan a relacionarse con personas que no pertenecen a su círculo más cercano.

Todo ese entorno les está enseñando cosas, incluso cuando nosotros no somos conscientes de ello.

Por eso criar y educar a un niño es, en cierto modo, una tarea íntima y al mismo tiempo profundamente comunitaria.

Tal vez esta reflexión hable también de nosotros

Cuanto más pensaba en aquellas fotografías, más evidente me resultaba que esta reflexión no habla solamente de los niños.

Habla también de nosotros, los adultos.

De nuestra paciencia cuando preguntan veinte veces lo mismo. De cómo reaccionamos cuando lloran y nosotros tenemos prisa. De la manera en que ponemos límites. De cómo hablamos a otras personas cuando ellos están delante. Del espacio que dejamos al juego y del que ocupan las pantallas. De si somos capaces de pedir perdón cuando nos equivocamos y de si conseguimos transmitirles que siguen siendo queridos incluso en esos momentos en los que su comportamiento nos agota.

Nadie hace todo eso perfectamente.

Quien tenga hijos sabe probablemente que la crianza está llena de días buenos y otros bastante más difíciles. Uno descubre pronto que educar no consiste únicamente en enseñar, sino también en equivocarse, rectificar, aprender y volver a intentarlo mientras ellos crecen.

Quizá por eso no deberíamos formularnos esta pregunta desde la culpa, sino desde la responsabilidad.

¿Cómo lo estamos haciendo?

¿Qué recordarán de nosotros?

¿Qué forma de relacionarse con los demás están viendo cada día?

Son preguntas incómodas a veces, pero seguramente también necesarias.

El futuro de un pueblo no se construye únicamente con hormigón

Cuando hablamos del futuro de Las Torres de Cotillas solemos pensar en carreteras, viviendas, empresas, comercios, instalaciones deportivas, parques, seguridad o servicios públicos.

Y, por supuesto, todo eso importa.

Pero existe otra infraestructura mucho más difícil de fotografiar y posiblemente más importante que cualquiera de ellas: las personas.

Dentro de veinte o treinta años muchos de los niños que hoy están sentados en el suelo de Titina o Virgen de la Salceda seguirán formando parte de esta comunidad. Trabajarán, crearán familias, cuidarán de otras personas, resolverán conflictos, tomarán decisiones y participarán, de una forma u otra, en la vida de Las Torres.

No sabemos quién llegará a ser cada uno. Tampoco podemos pretender que todo dependa de lo ocurrido durante sus primeros años. A lo largo de una vida hay miles de experiencias, personas y circunstancias capaces de cambiar un camino.

Pero la sociedad que tendremos mañana tampoco aparecerá de repente.

La estamos formando ya.

Se forma en las casas y en las escuelas, en los parques y en las conversaciones. En los límites que ponemos y en la manera en que tratamos a los demás. En las oportunidades que ofrecemos y en la forma en que respondemos cuando un niño necesita ayuda.

Y también se forma en momentos que aparentemente no tienen ninguna importancia especial, como un grupo de niños sentado un viernes en el suelo mientras alguien les cuenta un cuento.

El pueblo que todavía no vemos

Tal vez eso sea lo que más me llamó la atención al mirar aquellas imágenes.

Nosotros vemos niños pequeños.

Ellos todavía están aprendiendo a hablar, a compartir, a enfadarse, a hacer amigos, a esperar, a querer y a comprender un mundo que para ellos es prácticamente nuevo.

Pero el tiempo pasará mucho más deprisa de lo que ahora imaginamos.

Y un día esos mismos niños serán quienes caminen solos por nuestras calles, trabajen en nuestras empresas, lleven a sus propios hijos al colegio, cuiden de sus padres, monten un negocio, participen en una asociación o simplemente saluden al vecino que vive enfrente.

No sabemos qué mundo les tocará vivir.

Lo que sí podemos decidir es qué clase de infancia intentamos ofrecerles mientras dependen de nosotros.

Por eso quizá deberíamos mirar con algo más de respeto esas escenas aparentemente pequeñas de una escuela infantil.

Porque detrás de cada cuento, cada límite, cada abrazo, cada juego y cada conversación hay un niño construyendo poco a poco su manera de estar en el mundo.

Y porque una parte del futuro de Las Torres de Cotillas está ahora mismo sentada en el suelo de un aula.

Todavía es pequeña.

Pero ya forma parte del pueblo que estamos construyendo.

Imagen: Lastorres.es